Addenda
El autor, el velero y la tripulación

Soy un navegante con unas ganas desmedidas de merodear por el mar, que se apasiona - con cualquier velero, grande o pequeño.

 

Por lo visto ya de niño mostré síntomas inequívocos de un desenfrenado trastorno por el mar, construyendo objetos flotantes en los que intentaba -con escaso éxito- adentrarme en Ría de Vigo. Mis peculiares buques, no me permitieron realizar singladuras memorables, pero me dieron una amplia experiencia en naufragios, convirtiéndome en un nadador resistente.

 

Obligado por mis mayores a permanecer alejado de potenciales embarcaciones, canalicé mis energías hacia la observación y captura de la enorme variedad de organismos que poblaban las charcas que la bajamar descubría en las rocas de la Ría de Vigo. Conseguí una lupa y un cutre microscopio. Desde entonces no he parado de observar todo tipo de microbios marinos. También conseguí que mi casa apestase: cangrejos, anémonas, estrellas de mar y algas alcanzaban un avanzado estado de putrefacción, ocultos en recónditos escondites pensados para que mi madre jamás alcanzase a encontrarlos.

 

A los 13 años mis padres me inscribieron en un curso de vela. Eso me perdió para siempre. Desde entonces considero que el navegar a vela es la actividad más sublime y trascendente que un ser humano puede hacer en este mundo. Y tener un velero el mayor de los privilegios.

A ratos libres trabajé para conseguir dinero (cosa que de aquella aún podían hacer los niños) y a los 14 años pude hacerme con un derrelicto de dudosa flotabilidad: un destartalado Vaurien mucho más viejo que yo que, incansable, empecé a reparar. Aprendí rudimentos de carpintería naval, a calefatear, a pintar, a barnizar, a trabajar la cabuyería, a coser velas… Una vez acabado me pareció un auténtico buque capaz de llevar a su patrón (o sea a mi) a cualquier sitio, por lejano que fuese, en condiciones de total seguridad y comodidad. Contra todo pronóstico, tuve suerte y hoy estoy aquí pese a que en muchas ocasiones me adentré -con mi Vaurien en el Atlántico saliendo por la boca Norte de la Ría de Vigo.

 

Mi afición a los microorganismos marinos me llevó, de adulto, a seleccionarlos, clonarlos y emplearlos en biotecnología, con lo que después de dar infinidad de vueltas por distintos laboratorios, conseguí una cátedra de genética en la Universidad Complutense de Madrid y promoví una empresa de base tecnológica. Así conseguí algún dinero que empleé acertadamente en mujeres y barcos, mientras malgasté el resto (vivo con mi compañera Victoria, también catedrática, y juntos criamos a 3 chicas; tuve 5 veleros -3 de ellos cutres chapuzas, contando al derrelictito de Vaurién de mi adolescencia-, mientras que los 2 últimos fueron ya unas embarcaciones magníficas.)

 

La fortuna me permitió disfrutar de una existencia relativamente larga navegando más de 60.000 millas en todo tipo de barcos -principalmente en veleros-. A veces navegué por trabajo (para recolectar microbios de lugares asombrosos, ganar algún jornal en la pesca o haciendo traslados y charters), pero siempre navegué con placer. Patroneé una extraordinaria diversidad de embarcaciones por los lugares más diversos: réplicas de cuero de los antiguos barcos celtas, gamelas y dornas por los mares galaicos, llaudes y botes de vela latina por el mediterráneo, canoas por los grandes ríos de África y de Suramérica, extrañas barcas por grandes lagos de Argentina y Chile. Hice travesías Atlánticas y recorrí buena parte del Atlántico Norte, las costas de África, las islas atlánticas, la costa de Argentina, el estrecho de Magallanes, por el canal de Drake, el Caribe… Embarqué en pesqueros de altura y del día, en buques oceanográficos, incluso celebré mi 50 cumpleaños en el puente de un potente remolcador arrastrando a un petrolero. Pero sobretodo navegué en veleros, miles de millas por el Atlántico y el Mediterráneo.

 

Disfruto del antiguo Arte de Navegar manteniéndome -en medida de lo posible- tan lejos de la electrónica como sea posible. A menudo navego solo, que es la única manera de conocer en profundidad al mar y conocerse a uno mismo. Y he escrito cuidadosamente los diarios de mis navegaciones conservando así las emociones de cada salida para poder revivirlas después.

 

He atesorado centenares de libros sobre el mar -tanto en casa como abordo-, que me transmitieron una embriagante sensación de aventura y libertad. La peculiar literatura náutica condicionó mi vida, aportándome magníficos momentos de ocio.

 

Disfruté sobremanera de mis barcos siguiendo -a pies juntillas- el principal mandamiento del más célebre decálogo para navegar:

" Ten tu propio velero y conviértelo en un barco singular." Un velero no es un simple objeto más, es tu compañero de aventura. Tanto da el tipo de barco, el precio o el equipamiento si lo has adaptado a tus gustos y necesidades de manera que te permita disfrutar de nuevas experiencias y conocer el mar.

" Conoce a fondo tu velero y pasa a bordo el máximo tiempo posible. Aprende como navega y cómo se comporta en todo tiempo. Conviértelo en una parte de tu espacio vital incluso aunque estés en puerto. Trabaja en él de manera, que buena parte de tu barco sea obra tuya. Intenta que algo de tu vida quede vinculada al barco”.

Conseguí hacer esto con todos mis veleros, que en su mayoría compré en un estado ruinoso, disfrutando de arreglarlos; así los conocí bien, supe sus límites y pude fiarme de ellos.

Lo considero una obligación.

 

Tuve la suerte de hacerme con el “Fatum Incognitum” (el destino incierto). Es de un velero construido durante 1983 en el astillero sueco, Comfortabätar AB, que intentaba hacer “the best of the best”. Se trata de un Cayenne 12.5, diseñado por Håkan Södergren, un brillante ingeniero naval especializado en veleros para navegar, muy marineros y de altas prestaciones. Los diseños de Södergren mantienen unas líneas muy estilizadas y elegantes que sorprenden por su poca manga. Así el Fatum incognitum con sus 12.55 m de eslora apenas tiene 2.70 m de manga, lo que le da un escaso arqueo de solo 10.40 TRB. Con más de siete toneladas de desplazamiento en rosca se trata de un barco pesado para su tamaño. Lleva 3500 kg de lastre de plomo al final de su orza larga, ancha y profunda (calado 2.05 m). Tiene un aparejo fraccionado de 7/8 con burdas volantes que soporta 70 m2 de vela repartidas en una gran mayor y un foque autovirante envergado en una botavara.

 

Es una delicia navegando: su estabilidad por peso le da unos movimientos sorprendentemente confortables (motion confort ratio de 33.4), y aporta la máxima seguridad (capsize ratio de 1.43), un buen andar (hull speed de 7.8 nudos) incluso con vientos flojos (sail to displacement ratio de 19) y un inmejorable paso de ola. Es una máquina de ceñir, que aguanta grandes escoras sin volverse ardiente. También se defiende bien en rumbos abiertos con un gran genaker de 80 m2.

 

Un barco marinero. Un barco bello. Vela en estado puro.

 

Su distribución interior -que sigue la tradición clásica- es idónea para navegar en altamar, pero con escaso espacio en puerto. Cuenta con el esplendor de lo antiguo: grifos y bombas de bronce, lámparas de petróleo en cardan y madera de manzano noruego. Su cubierta plana (la cabina apenas sobresale unos centímetros) resulta idónea para la maniobra. Sorprende por sus 2 bañeras contiguas (una para el timonel y otra para la maniobra), una vez que las pruebas te das cuenta de que se trata de una distribución idónea.

 

Compré el barco en 2011. Su antiguo dueño es una excelente persona. En el Fatum Incognitum había mucho trabajo por hacer para devolverlo a su esplendor original. Pero tenía “alma” y una larga vida de esforzados servicios.

Alternando navegación (menos de la que nos gustaría) y trabajo a bordo (siempre más de lo previsto), al fin, dejamos el Fatum Incognitum en perfecto estado. Lleva velas de Hydranet construidas por el maestro Rafa Lluch. Tres fajas de rizos en la mayor. Un foque autovirante -también con rizos- envergado sobre una botavara (nada de enrolladores). Un genaker con calcetín completa su vestuario. Nueva jarcia y un magnífico trabajo de cabuyería clásica. Un motor Sole de 27 Hp con saildrive, consigue llevar el barco en encalmadas a 7 nudos, e incluso es capaz de remontar eficientemente fuertes vientos contrarios. La hélice plegable le asegura un escaso arrastre cuando navega a vela. El Fatum incognitum tiene un buen equipamiento de instrumentos clásicos (un magnífico Sextante Path, una corredera Walker, compases, escandallo…) y una excelente biblioteca muy completa en cartas, derroteros, pilot charts…. Y solo la electrónica imprescindible (un buen GPS, un NAVTEX y un Wetherfax, VHF, SSB, y un completo material de seguridad (Balsa, EPIRB, trajes de supervivencia…).

 

Un velero singular que cuenta con el privilegio de tener como tripulante a Gustavo Bravo, quien -como el capitán Nemo- solo puede vivir para la Mar. Gustavo escapó de casa siendo un crio para embarcarse en mercantes. Empezó una larga carrera de más de 50 años en la mar que le llevó a navegar por todos los países del mundo con mar (excepto dos), en todo tipo de barcos. Fue oficial y tuvo el mando de las embarcaciones más diversas, desde uno de los últimos Liberty que sobrevivió a los submarinos nazis en la Segunda Guerra Mundial, hasta grandes petroleros, pasando por buques costeros en el Mar del Norte, o potentes remolcadores. Vivió todo tipo de andanzas (incendios, naufragios, polizones). Pero su afición es navegar a vela, es una de los pocas personas que todavía saben navegar en embarcaciones clásicas con aparejos que ya no están en uso (como las velas místicas). Quienes lo conocen aseguran que “es el mejor marino del mundo”. ¿Se puede decir más?

 

Luis Pinar, “Luisito” es otro de los habituales a bordo del Fatum incognitum. Luisito esun madrileño que se interesó por el mar después de jubilado, llegó a conocerlo muy bien. Es extraordinariamente hábil, el Fatum mejoró sobremanera con sus manos. Fiable, valiente, tenaz, culto, agradable, es -sin duda- el tripulante ideal.

 

 Hasta que nos dejó, repentinamente y demasiado pronto, Rafa Lluch fue otro de los habituales del Fatum. Maestro velero y marino que concentraba en sí mismo toda la esencia del Mediterráneo, tras su largo “viaje a Ítaca” personal se convirtió en un hombre sabio y en una gran persona. Lo echamos de menos y lo añoramos a diario.

 

Todos somos personas que “disfrutamos del privilegio de la soledad”. Pasamos largas temporadas abordo, pensando que...

Se está mejor en el Fatum Incognitum que en ningún otro sitio”.